Mañana, 20 de enero, sucederá lo que nadie imaginó que ocurriría. Donald Trump tomará posesión como presidente de los Estados Unidos, una nación que, durante décadas, ha conformado el paradigma de la inclusión y algo mucho más importante: la vertebración de la imaginación geopolítica actual. Lo ha hecho como hegemón del siglo XX renovado, a través del discurso antiterrorista y una serie de usos y prácticas, siguiendo la llamada lógica de la globalización, extendidas por todo el globo terráqueo, a propósito de la férrea convicción de la administración de George Bush en las ideas que emanan teoría de la crisis de las civilizaciones de Samuel Huntington. Otro Donald, en este caso de apellido Rumsfeld, junto a otros personajes de la contemporánea historia política, emprendieron una denominada "Guerra contra el terror", que ha implementado, reflejándose en nuestros días, una nueva forma de entender y, en definitiva, ver el mundo.
Esa visión de lo global parecía tambalearse con el incremento de apoyo popular, cada vez mayor -aunque los medios de comunicación pro-establishment vendieran sin cesar una irremediable victoria de Hillary Clinton-, de un señor despeinado, con pinta desaguiada, que era vendido como el nuevo rico, como arquetipo del producto humano del sueño americano, como aquel hombre hecho así mismo. Su discurso nacionalista, más basado en el límite de la política estadounidense a un ámbito intrafronterizo, aunque sin descuidar sus relaciones en materia de política exterior, le permitió soñar con alcanzar la Presidencia de EE.UU. Ante una inminente derrota de la débil candidata demócrata, una vez avanzados ya los recuentos del mismo "día D", ese político con aires chulescos generó, en un abrir y cerrar de ojos, el efecto que nadie esperaba: el dólar cayó en picado.
En aquel momento, la desconfianza del capital ante un episodio prolongado de volatilidad de los mercados provocó un cambio en la mentalidad de los inversores, que temieron lo peor. Algo que el propio Trump desmontó, días más tarde, con una rueda de prensa que, con prontitud, amansó las aguas del gran lago bursátil. Desde entonces, la bolsa mundial ha ganado un 5% y se ha generado una huida masiva del mercado de deuda global, que deja pérdidas del 3,5%.
Sin embargo, durante estas dos últimas semanas, estas pérdidas se han reducido (los bonos se recuperan 1,2 billones de dólares desde el pasado 3 de enero), a falta de que el próximo dirigente de Estados Unidos concrete los planes para conseguir un mayor crecimiento e inflación, a través de políticas más expansivas en la que aún es considerada como la primera economía del mundo.
La cuestión central es que no existe toda la estabilidad que desearíamos, todo está por decir. El riesgo a un cambio repentino de un mandatario del que desconocemos, en realidad, sus intenciones, hace que la volatilidad aumente. Quizás debamos esperar a su discurso de toma de posesión, del que se presupone, como han apuntado parte de la prensa internacional hoy, que superará en rating al discurso histórico en el estreno de Obama, tras su campaña del "Yes, we can", que conmovió al mundo entero y le valió un Premio Nobel de la Paz. Aunque no esperamos tanto de éste, deseamos, de todo corazón, que sirva para inocular calma a los mercados financieros.

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